imagen de la cabecera

 

 

Desde Biarritz



Sr. D. José Lon y Albareda

Estimado amigo:

Fiel a mi promesa de no olvidarme de la Gaceta de Fomento le escribo desde esta villa(1); y fiel a mi costumbre de verídica, empiezo mi epístola asegurándole que no se qué decirle en ella.

Convaleciente de un amago de congestión cerebral, busqué, por mandato de la ciencia, las playas del Norte que, según su consejo, habían de asegurarme la salud, restableciendo el perdido equilibrio entre los órganos de la vida, perturbados por ambición de las células cerebrales que, acaparando fuerzas, las habían absorbido con tal exceso que a poco más se declaran en ruina, agobiadas por la pesadumbre de sus energía, ni más ni menos que les va pasando a los conservadores, de gran memoria en los anales deshonrosos de la historia patria: tales fuerzas van acumulando que están produciendo un completo desequilibrio de la nación, con perjuicio de ellos mismos que, al fin, estallarán de plétora de poder, enfermedad cuyo amago sintieron hace algunos años, y sabido es que congestión que se repite es mortal de necesidad...

Pero volvamos a Biarritz y dejemos a los pacientes, que ya habrá lugar de llevar nuestro puñadito de tierra sobre la huesa que recoja sus descompuestos despojos.

Con el precedente de ser una semienferma y con la independientísima condición de mi carácter, claro es que Biarritz no es para mí lo que para la mayoría de los españoles, y, por tanto, mi pluma se para indecisa al dirigirse a Vd. desde estas playas con intención de mandarle una correspondencia que albergue el todo de esta pequeña parte del planeta.

Me atrae y me subyuga el brillo deslumbrador de la sociedad que aquí pulula, y quisiera recoger sus cambiantes fascinadores para hacer la expresiva crónica de sus fastuosidades, de sus placeres y de sus acontecimientos. Pero es el caso que sin saber en dónde (si lo supiera, le habría acogotado), existe en mi compañía un diablillo, mitad volteriano, mitad platónico, que, con un risita de ironía más fina que la hoja de un puñal toledano, y con una sutilidad de conceptos más ligera que el vuelo de una golondrina, se me va poniendo el maldecido delante de casi todas las llamadas grandezas en el vocabulario social, y por una parte me descubre el agio vertiendo el oro de sus irregularidades sobre los hombros de meretrices extranjeras; por otra parte me señala la sórdida avaricia haciendo saltar la sangre en las espaldas del esclavo de los ingenios americanos, para que su sudor se convierta en onzas que salten sobre el tapete verde de centros especulativos. De un lado me señala las preseas de la vanidad arremolinándose en montones de encajes, prendidos de brocateles y de rasos, muestrario de brillantes, rubíes y esmeraldas tomando turno sobre las hembras de nuestra raza, en un derrochamiento insultante para la madre España, que mira ondear estos jirones del endiosamiento humano sobre sus campos, yermos por las inundaciones, asolados por la langosta, incultos por la sequía, deshabitados por el diezmo de la peste, de los terremotos, del hambre y de la miseria; sobre su industria raquítica, paralizada, invadida de exclusivismos y de vejámenes; sobre su comercio, empobrecido por el crédito aparatoso y las preferencias sistemáticas; sobre su pueblo todo, anémico por las ignorancias, las arbitrariedades, los fanatismos y las contribuciones, que se revuelve entre quejidos, imprecaciones y sarcasmos, sirviendo de escabel con su trabajo, con su sangre y con su honra a una pequeña hueste de logreros. Y por otro lado me descubre el miserable fondo de ciertas ostentaciones, el legajo de pagarés vencidos, de recibos acumulados, de hipotecas duplicadas, dándose la mano con los réditos del israelita, el golpe de gracia de la última carta, el cintillo de perlas sigilosamente vendido, la murmuración repugnante de servidumbre no pagada (picota del escándalo, que sirve de recreo a otras grandezas aún no caídas), mascarada que representa la epopeya del lujo, y que, al terminar el reinado del crédito del nombre, se encuentra sin careta y sin disfraz en sus verdaderos dominios, que son la holgazanería y el vicio, presididos por la ignorancia. Y por otro lado, adonde miro con afán vuelvo a ver la sonrisa del condenado diablejo, y no hallo la pasión, no hallo el desbordamiento de impulsos nobles que, acumulados por el convencionalismo rutinario, defectuoso e irritante de las legislaciones sociales, busque una válvula de escape que trace sobre la pecadora frente aquellas sublimes palabras del Hijo del hombre: Te perdono porque has amado mucho; y allí donde lo grande de la ley natural borrase lo pequeño de los códigos presentes; allí donde, alzándose fuera de la hipocresía y del engaño, la pasión eligiese sin vender a los confiados; allí donde la palabra «indulgencia» debería corresponder a la palabra «amor», mi demonio me señala un mercado irrisorio, donde se venden caricias por varas de brocado, halagos por malinas, impudores por solitarios; y aún va más allá el demonio, y me señala el desfile de muchos, porque entre todos apenas bastan a la contribución de las novedades de París o de Viena, y cuando pienso que en ellos sería posible hallar algo más de nobleza, se me ríe a carcajadas el pícaro diablo y me va mostrando a todos aquellos que buscan acomodo dando galanterías y adoraciones por oro para el juego y el vicio, por caballos y hasta por joyas; y aún, siguiendo más allá, me señala los límites de toda esta barahúnda de rebajamientos repugnantes, límites horrendos que, si la naturaleza tuviera mensajeros, como en la leyenda bíblica los hubo, haría descender el fuego consumidor sobre lo selecto de nuestra raza…

Y es el caso que, cuando ya se hubo cansado de reír este diablo, se me vuelve de espaldas y me deja a mis solas, pero con el recuerdo de todas sus picardías, que me llenan de infinita tristeza, de profunda lástima, de una tan sentida y tan profunda conmiseración que, si la casilla cerebral del sentimiento católico no la tuviese completamente atrofiada, me iría derechita a cualquier templo a rezar por el alma de los desgraciados; y de tal modo siento pena por el lastimoso estado de sus espíritus, que concibo como posible en lo porvenir unos a modo de manicomios, donde, con la mayor dulzura y el mejor régimen, rediman a estos pobres seres, de tal modo divorciados de sus orígenes y de sus destinos; pero como asimismo advierto lo imposible de tal redención sin ahogar en sangre  las legislaciones y los dogmas apolillados y caducos que nos legó el pasado; como toda violencia y toda hecatombe se le resisten a mi pensamiento, ávido de paz y de luz, los dos polos más altos de una organización contemplativa, resulta que huyo hasta de ver a los pobres enfermos por huir del horror que me causa lo irremediable de su mal, y de playa en playa, de valle en valle, pasando como pasaría sobre carbones encendidos por las encrucijadas de esta villa, me refugio allá en las soledades augustas de la naturaleza, llenándose el alma de puro regocijo cuando, en los aislados escollos o en los escondidos caminos, contemplo en grupos o en parejas algunos seres humanos que, en la discreción de su lenguaje, en la alegría de sus frescos rostros, en la elección de aquellos sitios retirados para su esparcimiento, me descubren a la familia racional, estudiosa, valiente, trabajadora en su parte masculina; apasionada, inteligente, sencilla en su parte femenina; gorjeadora, inocente, impetuosa, ágil y robusta en la generación del porvenir, bosquejado por la niñez y la juventud… y entonces el mismo demonio de marras me vuelve a mirar cara a cara, y, en vez de muesca satírica, toma su rostro un tinte de espiritual complacencia; deja de ser volteriano para convertirse en platónico; arranca la sonrisa de la bondad a mis labios, antes plegados con lastimoso desprecio; se inunda mi frente de esplendores desconocidos; paréceme que el sol brilla más luminoso, que el mar se riza con mayor magnificencia, que el verdor de los bosques y de los prados se matiza de mejores colores, que el planeta que huella mi planta se torna más amoroso para nuestra especie, que el dolor huye para dejar espacio a la felicidad, que la vida recobra su imperio en la inteligencia soberana del hombre, coronamiento de la recreación terrestre; que los efluvios de la atmósfera, océano vital de los seres, inundan con sus ondas magnéticas los misteriosos senos del organismo, llevando las energías creadoras al cerebro y las ternuras inacabables al corazón; y cuando todo el círculo de las positivas grandezas planetarias se cierra ante mi pensamiento, aun veo extenderse la espiral gigantesca del progreso y de la perfección ascendiendo infinita y eterna en el universo a través de humanidades inexploradas y de mundos desconocidos… y entonces, sin rencor en la conciencia, sin oscuridades en la imaginación, contemplo este panorama de Biarritz, y ¡qué esplendida belleza de horizontes tienen estos sitios, amigo Lon! ¡Qué grandiosidad en el detalle ostentan estas costas!

 Toda la línea amarillenta y bordeada de espumas, que las solitarias dunas de las Landas oponen a las caricias del Océano, se interrumpe de pronto en aglomeraciones de escollos truncados y revueltos en caóticos promontorios: sus aristas, negras y carcomidas por el batir continuo del agua, festoneadas de algas y musgos marinos, oponen ciclópea resistencia al empuje del mar, y las mareas, al levantarse en hinchadas olas, asaltan estos baluartes destruidos vistiéndolos con cendales de espuma, que saltan en vapores nubosos y se derrumban en cascadas por entre los resquicios de las rocas. Se abren a través de estos escollos playas curvadas, suaves y extendidas, que ofrecen a las rompientes cómodos lechos de arena; y cuando el colorido sombrío, monótonamente dulce, de los climas del Norte ha derrochado los matices del verde sobre toda la costa, el interior se nos aparece con sus líneas sobrepuestas de palacios y de chalets, cobijados por un cielo azul cenizoso, que esmalta de tonos sonrosados los parques de céspedes y de flores que se entrelazan a los maizales y a los pinares por la balaustradas de mármol o cercas de espino. Y más lejos, hacia el sur, avanzando como el brazo de un gigante, la costa de España, confundida en ondulaciones violadas, que se pierden entre las brumas con los últimos picachos de las montañas santanderinas…

Y el arte, en su misión más augusta de servidor de la naturaleza, transformando estas escolleras en sitios practicables a la planta del hombre, por medio de puentes, escaleras y caminos, que permiten la contemplación de las magnificencias del mar y de la tierra.

Mi demonio familiar me deja a veces adormecida en estas adoraciones íntimas hacia las armonías de la naturaleza, meta sublime que, allá en lo porvenir, nos ofrece la paz, bajo las égidas de la ciencia y de la virtud que obligan a la fraternidad humana.

Conténtese, amigo Lon, con estas páginas deshilvanadas en lugar de la correspondencia metódica que pensaba escribirle; le repito lo que le decía al empezar: no sé qué contarle de Biarritz; si le basta lo que desde Biarritz le digo, dese por satisfecho y vea de hacer un rinconcito en su Gaceta donde pueda publicarse, si es que merece honor tan distinguido. Cuente siempre con la más atenta consideración de su servidora q.b.s.m.,

Rosario de Acuña

Biarritz septiembre 1885

 

 

Notas

(1) Apelando a la antigua amistad que había mantenido con su padre, José Lon Albareda le remitió el año anterior una carta pidiéndole algún escrito para el Almanaque de la Gaceta de Fomento: «No sé si estaré autorizado por la gran amistad que profesaba a su señor padre para dirigirme hoy a usted a solicitar un honroso favor...». Rosario accede y le envía un texto en prosa titulado El primer cántico de amor (⇑), así como el soneto, sin título, que inicia con este verso Naturaleza. ¡Oh madre, reina y diosa (⇑). No fue esta primera la única carta, se conservan más en el archivo personal, depositado en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, y de cuya sorprendente aparición en el otoño de 2017 di cuenta en el comentario titulado 195. El archivo desempolvado (⇑).

(2) Se recomienda la lectura del siguiente comentario:
 

Dibujo de la torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886161. Découvrez la France
Cuando en los primeros días del mes de diciembre del año 1911 la Guardia Civil se presenta en su casa gijonesa, se encontró con la finca desierta. La prensa dice que, probablemente, salió en dirección a Francia. Ciertamente, había motivos para pensar que su destino bien podría haber sido el territorio francés...



 

 

 


 

Para saber más acerca de nuestra protagonista

 

Rosario de Acuña. Comentarios (⇑)
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora
 
 
 
 
Imagen de la portada del libro

 

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)