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Sr. Director del Diario Médico-Farmacéutico

 

Muy señor mío:

Le ruego la inserción del siguiente comunicado, el cual puede servir como nota curiosa a los que se dediquen a relatar historia contemporánea; y, sin más comentarios, paso a relatar lo sucedido.

En el año 1882 la que suscribe fundó un certamen científico, otorgando como premio al mismo mil pesetas: motivó dicho certamen la muerte del decano de los forenses españoles, Sr. D. Pablo León y Luque; muerte ocasionada por los graves disgustos que le proporcionó la ya célebre y conocida causa de Monasterio. Queriendo honrar de algún modo la memoria del que fue en vida un concienzudo sabio y un constante trabajador, imaginé citar a concurso a sus compañeros de ciencia, y para conseguirlo (como quiera que en España la mujer lucha con invencibles dificultades cuando trataron de realizar alguna cosa más que su embellecimiento de estatua hueca), reuní a varios amigos del señor Luque, dándoles la comisión de llevar a la práctica mi propósito. He aquí los nombres de dichos señores: Excelentísimo señor marqués del Busto, Sr. Carnicero, Sr. Sáez Domingo, Sr. Escribano y Sr. Sáenz Criado. Aceptada con gran júbilo la comisión, y depositada la cantidad del premio en manos del señor marqués del Busto, se convino en que por escrito y en forma de carta comunicación detallase mi deseo; así lo hice, dirigiéndome al que se nombró secretario de la comisión, señor Sáez Domingo. Los términos y condiciones del certamen se publicaron en la prensa madrileña en el programa convocatorio; tengo que hablar de ellos, porque en este resumen de lo acaecido, es necesario su conocimiento.  

La esencial, imprescindible y primera condición del certamen era que al otorgarse el premio el acto revistiese un carácter de verdadero acontecimiento científico, toda vez (y aquí tiene que resignarse mi modestia ante la verdad) que el premio otorgado era de tal importancia, que no tenía ejemplo en los modernos anales médicos de nuestra patria. El premio debería de entregarse al autor de la mejor memoria sobre el conocimiento de la línea divisoria entre la razón y la locura; asunto que, según las eminencias que lo propusieron (y por sabido debe darse que yo no entré en semejante terreno) era de importancia suma para la Medicina legal, en cuya difícil ciencia tanto sobresalía el Sr. Luque, a cuyo honor se fundaba el certamen.

Así las cosas, entusiasmados los señores de la comisión, fueron nombrados jueces del concurso, y aceptaron su nombramiento los médicos más notables de nuestra Academia y de nuestras clínicas, y se convino que para el año 1883 y para el día aniversario de la muerte del Sr. Luque se haría la entrega del premio en el Paraninfo de San Carlos, mediante lecturas y discursos de los señores de la comisión, etc., etc. Con la tranquila satisfacción de haber empleado en algo útil y beneficioso las modestas economías de una existencia humilde y trabajadora, no me volví a ocupar del asunto, pues era para mí garantía de su resultado las personas que formaban la comisión; y, por otra parte, ajena a ciertas exhibiciones de guardarropía, nunca me gustó dar a los asuntos más importancia de la que tienen. Pasó un año y dos; hablé al señor Marqués del Busto, y éste, al fin, enojado y disgustado mucho más que yo por el sesgo que había tomado el asunto, no pudiendo reunir ni coordinar los trabajos de la comisión, me suplicó encarecidamente que lo relevase de su cargo, y así lo hice por escrito, quedando desde entonces la comisión reducida a los demás señores, excepto el Sr. Carnicero, que había muerto en este espacio de tiempo. El Sr. Busto entregó, mediante recibo, la cantidad del premio al Sr. Escribano.

Escribí al secretario, Sr. Sáez Domingo; no me contestó. Volví a escribirle pasados algunos meses, y me dijo que ya había sido reconocida por el jurado como acreedora a premio una memoria de las presentadas. Temiendo ser inoportuna, esperé en silencio nuevas noticias, y hará unos meses que, al cabo de tres años, he sabido el resultado del certamen que fundé, por la cortesía del doctor Escuder, agraciado con el premio; el cual, demostrando una sincera gratitud, me escribió directamente, teniendo que averiguar las señas de mi domicilio en la redacción de un periódico madrileño. Enterada de esta manera del resultado de mi propósito, reclamé a la comisión mi carta comunicación y demás documentos: no se me remitieron, y, en cambio, se me mandó un lacónico oficio acompañado de un recibo del autor premiado, en cuyo dicho oficio se me da cuenta de haber terminado el asunto.

Ahora bien, sin hacer especiales comentarios, pues de la relación pueden sacarse los más exactos, se me permitirá preguntar a la opinión pública: ¿Es posible en nuestra patria una evolución positiva hacia el progreso, que únicamente puede constituirlo la ciencia y el arte, unidos por actos serios y beneficiosos?

Si en vez de dedicar esa suma (incluida como verdaderamente extraordinaria en la lista de los certámenes científicos) a promover un entusiasta estímulo en nuestra juventud médica, que a la vez que trabajase para resolver el embrollado problema de la criminalidad responsable, tejiese una corona de gloria sobre el sepulcro de uno de sus colegas, la hubiera empleado en la compra de baratijas inútiles o se la hubiera regalado a un fondista extranjero por media docena de cortesías hechas con frac y corbata blanca,  ¿no hubiera sido una cantidad gastada más en armonía con el medio social que nos rodea? Excepto al Sr. Busto, antiguo amigo de mi familia, apenas conozco a ninguno de los demás señores de la comisión; a nadie culpo, y Dios me libre de ajar personalidades, que acaso se hallen en una elevación tal, que para simples mortales como la que suscribe sea inabordable la distancia; a nadie tampoco me es permitido apelar, por aquello de que como «manos blancas no ofenden», los hechos, buenos o malos, se dejan pasar bajo la máscara de la galantería, comodín de las sinrazones cuando existe en el juicio una mujer. Me concreto, pues, a la relación de lo sucedido, sacando de ello las consecuencias precisas para dejar restablecida la verdad, y sigo en el orden de preguntas, cambiando sus derivaciones. ¿Se ha cumplido el programa del concurso? La precisa condición a que se sujetó al crearlo, ¿se ha realizado?; y sus segundas consecuencias, que eran dar honra y estímulo al autor premiado, ¿se han conseguido? ¿El dinero por sí solo es capaz de alentar a la juventud estudiosa? ¿Qué otro honor que las mil pesetas, entregadas como el importe de la compra demuestra mediante simple recibo, ha conseguido el que tal vez se desveló estudiando a los grandes maestros, y compenetrando a la naturaleza humana, para deducir de todo exactos juicios, con el solo fin de recoger, no un puñado de plata, sino los plácemes de un jurado ilustre y el imborrable diploma que como trofeo de victoria le sirviera en los combates científicos de enseña gloriosa?

En lo acaecido, ¿no se ve la triste degeneración de nuestra sociedad, declamadora retórica de justicia, y rebajada siempre en miserables pequeñeces y pueriles detalles?

«Menos elocuencias y más hechos», gritan desde los revisteros de ocasión, que acechan la debilidad para lucrarse con el chiste, hasta los filósofos sesudos, que, buscando causa a las causas, se pierden en el laberinto de su conciencia; y cuando no se habla y se hace; cuando se busca en el hecho el triunfo, y sin ostentaciones de histrión, se ama a la ciencia y se la rinde todo el culto posible a las fuerzas individuales, entonces el hecho se deshace, se aniquila y todos debemos quedarnos tan conformes. ¿Hasta cuándo seguiremos así?    

Yo apelo a la prensa seria y libre de imposiciones, única voz que vibra sonora, ajena de convencionalismos y de acomodamientos en este caos social, que tan penosamente va elaborando la luz civilizadora de nuestra patria; que ella haga paso a la verdad, y que lo justo quede separado de lo injusto.

Le doy las más expresivas gracias, señor director, por su amabilidad, y con este motivo se ofrece segura servidora q.b.s.m.

Rosario de Acuña

Biarritz septiembre 1885    

 

 

Nota. Se recomienda la lectura del siguiente comentario:
 

The doctor (1891) óleo de Luke Fildes (Tate Britain. Londres) 211. El médico que la vio nacer
Enterada de su muerte, quiso rendirle un público homenaje. Se trata de Pablo León y Luque, afamado galeno que repartió sus esfuerzos entre los juzgados y las casas de socorro de Madrid, entre la beneficencia y la medicina forense...

 

 


 

Para saber más acerca de nuestra protagonista

 

Rosario de Acuña. Comentarios (⇑)
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora
 
 
 
 
Imagen de la portada del libro

 

Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)